De luchas y señales

Agencia IRZA

Elino Villanueva González

Malas, muy malas las señales cabalísticas en la primera década de un asesinato cruel e infame, emblemático en el régimen de impunidad que domina la época actual y con ello nuestras vidas, francamente sin el orden y sin la paz que nos han sido prometidas. Ni siquiera ciento veinte personas rodean en esta mañana casi de frío, de fresco 20 de agosto, casi heladas las esperanzas en la lucha en favor de la justicia y en contra del olvido por el asesinato de Armando Chavarría Barrera, al amanecer de aquel día al que le han seguido otros tres mil trescientos sesenta días de camino hacia el olvido. No era cualquier persona, no era un crimen más, sino el del representante de uno de los tres poderes del Estado de Guerrero, el Legislativo, depositario máximo de la representación popular, por encima del Ejecutivo y el Legislativo. Ni uno solo de los más de 120 diputados que han fungido por las ya tres honorables legislaturas transcurridas en el Congreso del Estado desde el fatídico 2009 en que las balas se alojaron en su cuerpo y le quitaron la existencia. Ni uno de ellos entre los asistentes que no llegan a 120 en los 120 meses que hoy cumple Armando de haber rendido cuentas a la tierra en esta tumba de mármol gris que reza: “A los líderes no se les entierra. Se les siembra para que florezcan”. Bueno, sí está uno de ellos, su pupilo, el único legislador que acude al homenaje en el panteón central de Chilpancingo, su alumno, Celestino Cesáreo Guzmán, pero agrega más señales malas, porque llega con cuarenta y cinco minutos de retraso en el programa. ¿Dónde están los diputados que aquí se desgarraron las vestiduras, se desgañitaron y prometieron con lágrimas en los ojos que nunca abandonarían la lucha en exigencia de justicia por el asesinato del presidente de la Comisión de Gobierno de aquella Legislatura? ¿Dónde andarán o qué andarán haciendo en esta fecha memorable en que se cumplen diez años del crimen más oprobioso en el estado de Guerrero, por la figura política que ocupaba el victimado? Porque doña Martha Idalia Obezo viuda de Chavarría es la única que se mantiene firme en su afán por justicia y en contra del olvido. No podemos, plantea, darnos el lujo de abandonar esta lucha que iniciamos hace diez años, cuando dejamos depositado aquí a Armando, en su última morada, y confiamos en que desde el Congreso del estado se encabezara una gran cruzada por el esclarecimiento del asesinato. Pero ella misma reconoce: son diez años de impunidad en que no tenemos nada, nada… sí: nada, nadie está detenido pagando una condena por el crimen. La justicia en nuestro país, en nuestro estado, sigue siendo una cuenta pendiente, sigue siendo letra muerta ante la gran cantidad de personas que han sido y siguen siendo asesinadas y desaparecidas. Tres coronas grandotas lucen en sus primeros diez años de muerto sobre la tumba de Armando: al centro, una, la principal, de rosas rojas, lirios jaspeados, crisantemos amarillos y blancos, con fondo de hojas verdes y un listón que grita en letras negras: “Armando Chavarría Barrera: 10 años de impunidad”. A la derecha, otra de girasoles amarillos, lirios y crisantemos rellenos, que no reclama nada, sólo deja constancia de quién la pagó y la envió: “Alternativa Democrática Guerrerense”. A la izquierda, la tercera, de rosas amarillas, nube y gladiolos blancos, que tampoco exige algo, sólo aclara que la puso el Comité Ejecutivo Estatal del demeritado Partido de la Revolución Democrática. Por ahí andan Ricardo Barrientos, Marco Antonio Organis y Pánfilo Sánchez, de la dirigencia estatal, pero ni siquiera el diputado federal que les queda a los del sol azteca, Raymundo García Gutiérrez, se hace presente ante la tumba de su líder en el décimo aniversario de su sacrificio, una semana antes de su cumpleaños en el que anunciaría su decisión llana de ser candidato a gobernador y sustituir a su enemigo Zeferino Torreblanca. Malas, muy malas señales, a las que parece que ya nos estamos acostumbrando, cuando se acerca la fecha de los primeros cinco años de otro hecho igual de infame: la desaparición en septiembre de 2014 de los 42 normalistas de Ayotzinapa en Iguala. Doña Martha es lacónica: “descabezaron al Poder Legislativo, el depositario de la voluntad popular. Tenía que encabezarse una lucha desde el Congreso para no dejar sin castigo el crimen, pero no tenemos nada en claro”. Y todavía más: agradece a quienes la han acompañado en esta lucha contra el tiempo, y confía en estar ella misma todavía viva para cuando se esclarezca la muerte de su esposo y se castigue a los responsables, para lo cual se ha tenido que recurrir a organismos internacionales ante la falta de justicia en el país. “Queríamos que el Congreso fuera el epicentro de esta lucha, así debería ser, para no dejar impune este hecho ominoso que nunca más debe repetirse”. Pero no, lo que hay son malas, muy malas señales, cuando se han cumplido diez años del crimen. Ni siquiera los siete diputados locales del PRD se hacen presentes, sino apenas Cesáreo Guzmán, que de plano al llegar tarde brinca de tumba en tumba para colocarse en medio de la ceremonia. A nadie parecen importarle los 120 meses con sus 480 semanas, sus tres mil 360 días, las ochenta mil 640 horas y los cuatro millones, 838 mil 400 minutos desde que Armando cayó abatido por las balas. Transcurre la ceremonia, todos empiezan a retirarse poco a poco a sus labores o a seguir el programa conmemorativo. El luto parece disminuido, sobre todo para aquellos que deberían estar agradecidos con el político asesinado. Pero no, no se ven: ni idea de dónde ande su “Cachogo”, David Jiménez Rumbo, que debería ser el más dolido con el crimen y el que más exigiera justicia. Sólo un grupo de moradores de casas de estudiante de aquellas época de luchas universitarias se toman la foto al lado de la tumba de Armando, para subirlas más al rato a sus redes sociales con desparpajo, alegando estar “ahora y siempre al lado” del difunto. Sólo el cristo áureo enorme, dorado, al centro de la tumba, sobre la cruz blanca que contrasta con el mármol gris, frío como este martes de décimo aniversario de un asesinato cruel e infame, se queda ahí como mudo testigo de las malas, muy malas señales, las del olvido que crece y el reclamo que disminuye para que el asesinado de Armando se esclarezca y por fin se haga justicia… Sí, pues.

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