Jaime Irra Carceda
A la noche hay que tomarla por la espalda,
abrazarla y acariciar sus senos hundidos,
hacerle el amor en tempestades, embarazarla.
Sí, que dé a luz.
Que nazca un cíclope de doble sombra,
el ojo de la luna, pleno, blanco.
El parto de la noche que anuncia el rayo
y el grito ronco del profundo trueno.
A la noche hay que tomarla de la mano,
invitarla a tomar un trago en la azotea,
conversar contando las estrellas,
gozar de las caricias de su viento.
Hay que amarla intensamente,
acariciar su pelo de borrasca,
sus piernas sin horizonte,
su negro ombligo de volcán.
Y después de la pasión sin velas,
Después del aquelarre y del amor,
ponerse a dormir en el seno de su sombra,
con el oscuro sueño,
el misterioso sueño de un instante.
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